Pétreas pavesas, sólidas cenizas

Pétreas pavesas, sólidas cenizas
Mi tierra es un sueño: unir corazones

Cómplices

miércoles 16 de diciembre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR CON LA MEMORIA EMOCIONADA.



Verán ustedes, este escribidor posee como uno de sus mayores tesoros el título universitario de magisterio. Se trata de un tesoro que tiene que ver con los sueños de la infancia, de la mía, digo, con los de mi padre y con los anhelos de mi corazón. Es decir que hablo de un tesoro cuya inmaterialidad tiene la misma densidad que la ilusión.
Con el diploma que me dieron una vez concluida mi estancia en la Escuela Universitaria de Magisterio de Segovia (uno de los edificios menos agraciados de esta ciudad), se capacita (si es que no han cambiado las cosas) para enseñar a niños durante buena parte del periodo de escolarización obligatoria, es decir lo que las normas actuales denominan enseñanza primaria y primer ciclo de educación secundaria obligatoria... (será por palabras).
Me anticipo a subrayar que tal cosa es literalmente imposible, puesto que enseñar, lo que es enseñar, enseñan muy pocas personas, si acaso, y como una gloriosa mañana me descubrió una profesora de Pedagogía, aludiendo a uno de los posibles significados de la palabra educare en Latín, a lo más que se puede llegar por parte del común de los mortales es hacer como los jardineros, ayudar a que lo que el alumno atesora en su interior florezca y crezca lo más robusto y sano posible.
Tal empeño, en sí mismo, ya vale toda una vida, ¿para qué, pues, embarcarse en otras aventuras que tengan como protagonista al jardinero y no a la flor?
La vida me llevó por otros derroteros y mi ejercicio de la docencia fue más bien breve (tres o cuatro años) y en plan, cómo decir, altruista, porque eran los tiempos en que los profesores de religión cobrábamos una gratificación de cada diócesis que venían a suponer seis o siete mil pesetas al mes por veinticuatro horas de clases semanales, y sin ningún tipo de garantía para el futuro. Es decir el contrato iba de septiembre a junio y en el septiembre siguiente, veríamos. Mi olfato para los negocios, como se observa, siempre ha sido infalible... O sea que nunca he fallado a la hora de elegir trabajos que me evitaran el amargo trago de hacerme millonario.
Esta brevísima experiencia me hizo confirmar algo que tenía claro de antemano: el ejercicio de la docencia es una de las más altas dedicaciones a las que puede aspirar el ser humano, e incluso en muchas ocasiones de las más gratificantes...
Pero no se piensen ustedes que toda esta palabrería desbocada viene a cuento de que les vaya a relatar ahora alguna batallita relacionada con alguna experiencia profesional.
Seguro que más de uno de los sufridos lectores ha hecho el siguiente teorema, a modo de ecuación lógia de Einstein: faltan menos de diez días para la Navidad, el escribidor ha sido profesor de religión allá por su juventud más joven, luego... nos hablará sobre algo relacionado con aquel tiempo y estas fiestas que se aproximan más aprisa de los que algunos quisieran y más despacio de lo que querrían los niños que ya están pendientes de la chimenea por la que ha de descender Santa Claus, también conocido por Papa Noel, o del camino por donde se aproximarán los tres sabios de oriente, más conocidos por Reyes Magos.

Pues no, siento que cunda la decepción y el desánimo. Hoy no toca batallita.
Hoy toca mirada hacia el futuro. Hoy toca lanzar las campanas al vuelo, porque, entre el gremio de los maestros del mundo, sigue habiendo iniciativas que demuestran que se puede ser excelente jardinero incluso en los terrenos más complicados y a pesar de las terribles dificultades con las que el tiempo nos sacude los vericuetos de los días y las noches...
Creo que es menester mayor precisión...
Verán ustedes, en el fondo sí se trata de la Navidad, de la Navidad tal y como yo la entiendo. O de una de sus facetas, al menos. Porque la Navidad es sobre todo mezclarse con el barro para iluminarlo, para decir simplemente que, o se empieza desde lo más necesitado, lo más olvidado, lo más pobre, o cualquier cosa que se haga es inútil, un fracaso absoluto.
Faltan nueve días para el día de Navidad. Y me apetece comenzar ya las celebraciones de estas fechas. Y creo que un buen comienzo es lo que les presento a ustedes.
El otro día desde el sur de España, me llegó un correo electrónico en el que se me informaba sobre una ONG belga, de Lovaina para ser exactos, donde por cierto, estudió psicología otro de mis profesores de la carrera.


Y después dejémonos mecer por estos ángeles del Senegal,

lunes 14 de diciembre de 2009

EL FESTIVAL DE SEGOVIA Y LA ESCRITURA CONSCIENTE

Imagen tomada de internet
Los escritores eran Ana Isabel Conejo, Alberto Olmos, Vicente Álvarez, y Eduardo Fraile. Los cuatro jóvenes (relativamente jóvenes, al menos), los cuatro publicados y los cuatro con premios a sus espaldas, algunos premios sonoros, casi de campanillas. Sólo citaré un galardón por individuo, por no abusar, y en el mismo orden citado: Accésit del Adonais de poesía, finalista del Anagrama, , ganador del Destino Guión, y finalista en el Gil de Biedma de poesía, respectivamente, y entre otros…
Habían hablado sobre diferentes cuestiones, sobre nuevas posibilidades, sobre los problemas actuales de la escritura, sobre aspectos generacionales (si los había), y sobre muchas otras cuestiones, todas ellas interesantísimas, qué duda cabe, y de capital importancia para quien escribe, e incluso para quien lee, puesto que el lector es, de algún modo, el destinatario de las conclusiones a las que llegan los escritores.
La pregunta produjo un silencio de expectativa entre el público y entre los cuatro escritores. La pregunta era muy sencilla, se ha repetido muchas veces, pero a veces se olvida con excesiva frecuencia: “¿Cuándo supieron eran escritores?”.
No preguntó mi joven vecino de atrás por cuándo empezaron a escribir, sino cuándo supieron que eran escritores.
Las respuestas fueron todas diferentes, como las letras y los versos de los cuatro escritores. Pero en los cuatro casos hubo un punto en común. Esa vocación se manifestó siempre de modo muy temprano. Y los cuatro matizaron muy bien, no es que empezaran a escribir a muy temprana edad (que también) sino que, además de empezar a escribir, sabían que no podían ser otra cosa en este mundo. Que por mucho que en sus vidas civiles fueran periodistas, editores, profesores…, ellos no podían dejar de ser otra cosa que escritores. Su corazón sabía con total certeza que era el latido de un escritor. Y este descubrimiento, esta plena certeza supeditó sus decisiones juveniles, ésas que se toman pensando que quizá sean modificables, pero que en verdad son las más definitivas, y las más complicadas de variar.
Cada vez que escucho o leo las líneas generales de la vida de cualquier escritor descubro que desde muy temprana edad supieran que querían ser escritores, que quizá sea el primer modo de ser. Cuando uno desea ser algo, generalmente ha empezado a serlo. Otra cosa bien distinta (y que aclaro para evitar confusiones) es que haya publicado desde temprana edad, incluso si ha llegado a publicar… Más aún, se podría decir que ser escritor y no haber publicado nunca nada (con independencia de repercusiones y número de ejemplares de las ediciones) tiene más valor que vivir de la propia escritura, puesto que la verdadera tarea del escritor es la de escribir, no la de publicar. ¿Por qué algunas veces se olvida lo esencial?
Saber que uno es escritor, con independencia de su calidad, del género literario que cultive, de su sexo, de su estado civil, de su forma física, de su salud general, del modo con que se gane el dinero en esta vida, es saber que uno existe de una manera muy especial.
Y no, no es que los escritores formen parte de una orden religiosa o una cofradía laica (dios nos libre) que les obligue a unas determinadas reglas de vida, más o menos similares a las de un monasterio. No, en absoluto, en eso cada escritor es un mundo. Ser escritor, incluso tener clara conciencia de que uno es escritor, en realidad afecta a un modo de ser. La lengua o la pluma de cada uno lo expresará del personalísimo modo que sea capaz, pero en el escritor se aúna exacerbadamente algo que quizá no sea muy habitual. Ser escritor obliga, como tantos han repetido tantas veces, a ser un solitario solidario. Sólo en la soledad se puede crear obra literaria; pero sin ejercer una profunda mirada sobre el mundo (ya sea ésta puñalada, ya sea caricia), es imposible hacer literatura.
Tampoco hablo de compromisos específicos, ni siquiera hablo de ideologías, ni de posturas teóricas sobre tal o cual tema.
Es algo más sencillo.
Aunque, por ejemplo, un escritor narre la biografía de un bolardo, hablará del ser humano (o de los seres humanos) que han tenido que ver con ese bolardo o de la última rodilla que se golpeó contra ese maldito bolardo.

viernes 11 de diciembre de 2009

MAÑANA DE PLATA. CUARTA Y ÚLTIMA PARTE

NOTA: Estaban previstas cinco entradas, como anuncié en su día, pero a última hora y una vez repasado el texto, me percato de que una quinta entrega hubiera roto en exceso el ritmo de este relato. Por tanto lo que en principio iba a ser quinta entrega se corresponde a la parte final de esta cuarta y última entrega que quizá sea un poco más larga de lo conveniente; pero en este caso os pido comprensión, creo que me ha sido forzoso elegir entre longitud adecuada y lo que los pedantes denominarían tensión narrativa. Me sirve de consuelo pensar que hasta el lunes no habrá otra entrada en este blog.

Imagen tomada de Internet
PRIMERA PARTE , SEGUNDA PARTE , TERCERA PARTE

Antes de que me diera tiempo de reponerme del susto, me bosquejó la historia de la familia. Según afirmó, y no se anduvo por las ramas, era una vieja bruja que llegaba al final de su ciclo terráqueo después de mucho tiempo, bastante más que los noventa años que conocíamos, varios siglos, más de diez; pero no me contó nada de aquel remoto pretérito, pues la narración se hubiese hecho interminable, sino que, si yo aceptaba su propuesta, aquel pasado multisecular, lo descubriría con el tiempo. Tendrás mucho tiempo para hacerlo, afirmó con una sonrisa especialmente siniestra.
La cosa cada vez me amedrentaba más, pues adivinaba por dónde me venían los tiros. Pero ella, inmutable, siguió desgranando lo que le interesaba.
Como cualquier bruja, en la parte final de mi ciclo terrestre tenía que casarme con un hombre capaz de engendrar en mí el número suficiente de hijos que permitieran que alguno de mis descendientes fuese el adecuado para recibir los poderes eternos de la hechicería, aunque no fuera en la primera generación.
¡Cómo sentí el estilete helado de su mirada en ese momento!
Precisó algo más. Por nuestra constitución específica, no sirve cualquier varón, sino que ha de tener unas características especiales en su semilla, lo que ahora llamáis genes. Esto es delicado, continuó, mientras su mirada adquiría ciertos tonos que para mi sorpresa eran melancólicos. Esas peculiaridades se corresponden justo con lo contrario que nos interesa; necesitamos seres de potente bondad, ansiosos por hacer el bien. Suspiró. Únicamente de esa mezcla nacerán candidatos idóneos para la brujería, pues sólo quien conoce bien algo, puede combatirlo con eficacia. Son cosas extrañas, pero ciertas; uno de las paradojas caprichosas del Sumo Hacedor que siempre nos complica la vida, no lo dudes, me advirtió, como si adivinara mi asentimiento ante su próxima propuesta. Lo malo es que tu abuelo, después del quinto parto, se olió alguna cosa; no sé, quizá hablé en sueños..., el caso es que empezó a ser peligroso que respirase, si es que quería hacer viable el plan ancestral. En fin, que tuve que tomar medidas.
Lo dijo de ese modo tranquilo, sin matices especiales en su milenaria voz. Quizá su perspectiva de la vida es tan distinta de la comúnmente admitida, que organizar un crimen no le parece ominoso, aun el de su marido, a quien sin duda amó, como había demostrado aquel brillo melancólico de su mirada acuosa. En realidad tendría que decir el de su último marido, pues es de suponer que en diez siglos alguno más habría tenido.
La historia de la muerte del abuelo, la conocía desde mi infancia, pues es uno de los relatos fundacionales de la familia, y su misión para el clan familiar es similar a la de las narraciones mitológicas para Occidente. Mi abuelo fue asesinado una noche de martes de carnaval. El homicida confundió el disfraz que usaba mi abuelo, idéntico al que lucía el amante de la mujer del criminal. Ayer, no de forma casual, la abuela recalcó que el disfraz lo había diseñado y cosido ella, y se lo regaló para aquel baile divertido, como una sorpresa. Este momento de la narración siempre alegraba la crudeza de aquel relato trágico. Si el resto de la familia supiera la verdad… Al alzar la máscara y aparecer el rostro equivocado, el asesino enloqueció y se tiró por la ventana. Ayer por la tarde, al comprender que las artes de mi abuela habían estado detrás de tal tragedia que acabó con dos muertos, sentí que mi odio se hacía repulsivo y se llenaba de pánico. A pesar de todo, continué adherido al asiento. La infusión había desaparecido del tazón pavonado; sin que me percatara, mi abuela lo había vuelto a llenar.
Avanzaba como una tromba su confesión que me helaba la sangre y, a la vez, ejercía sobre mí un poderoso efecto magnético, por lo que no podía evitar escucharla. Desde que nacieron tus tíos y tu madre, supe que ninguno de los cinco sería el vehículo adecuado donde depositar mi sabiduría y mis poderes. Así que, aunque me pesara, no podía concluir mi ciclo. Tendría que esperar y, créeme, estoy muy agotada después de estos diez siglos. El vigor de la semilla de tu abuelo fue muy poderoso en la primera generación. Acaso, en tu madre se produjo el primer desequilibrio a mi favor. Al ser la pequeña y ser tu abuelo de más edad había perdido algo de su fuerza. Quizá, si hubiera tenido otro hijo después, mi tiempo se hubiera acortado; pero no pudo ser, ya que, si perdió vigor físico, sin embargo su fuerza espiritual acreció de tal modo que para mí era muy peligrosa la convivencia con él, pues podría haber dado con secretos y arcanos que un simple humano no debe descubrir. Por tanto, mi heredero, mi verdadero hijo, sería uno de los nietos que mi hija me diera.
Cuando dijo esto, sí quise huir, pues lo demás me lo imaginé, pero era demasiado tarde. No me quedó más remedio que actuar como la víctima de una ejecución en un patíbulo.
Ella prosiguió, en apariencia ajena a mi horror. Tuve que seleccionar bien a tu padre, no fuera a ocurrir algo como con tu abuelo, no bastaba que fuera un hombre dócil, tenía que ser un perfecto inútil, y no tan bondadoso, debía de tener una dosis adecuada de egoísmo. Lo encontré pronto, pues esas características abundan entre los humanos. Ahora empezaba a entender yo, cómo era posible que mi madre hubiese aguantado al hombre que me engendró. Supongo que alguna pócima o algún conjuro de mi abuela tuvo culpa de aquella cegara... Insultaba a mi padre, pero no me pesaba, ya que con sus palabras dibujaba el exacto y repugnante retrato de su interior, una cuestión innegable. Ya he dicho que con mi familia las cosas van mal, y con mi padre de modo especial. Pero eso es otra historia ajena a ésta. Me encogí de hombros, indiferente a tal cuestión.
Empecé a comprender la ecuación absurda de mi vida. Todo en mi existencia fue preparado de modo concienzudo para acabar donde estoy a punto de acabar. Que temiera tanto a la abuela, probablemente es la mejor explicación del asunto; deduzco que he sido un campo de batalla continuo entre los poderes de mi abuela y los intentos de mi abuelo de protegerme de sus artes.
Como en estos casi cuarenta años las cosas no se decantaban hacia ninguno de los dos, mi abuela, ayer por la tarde, decidió poner las cartas encima de la mesa, nunca mejor dicho. Después, me explicó multitud de secretos que aún no sé cómo he de utilizar, pues no tengo claro que termine por ser el recipiente adecuado donde deposite su sabiduría y así obtener su descanso.
Con un poco de suerte, la cuarta parte de mi sangre, la que corresponde a mi abuelo materno, será lo suficientemente poderosa aún como para atenuar el otro cuarto de mi abuela. Pero estos ojos azules que compartimos desde que nací, no son la mejor noticia.
Quizá, si acepto las condiciones que ayer me propuso la abuela, tenga que acariciar la idea de que aún me faltan más de mil años para morir, y que, aunque le repugne a mi razón, existen los poderes extra sensoriales…
Quién sabe si haber renegado siempre de ellos, se debe a que intuía que me terminarían poseyendo; por tanto, mi incredulidad era un mecanismo de defensa inútil.
Quizá tenga que reconocer que soy de la eterna estirpe de los brujos. Por eso, las frías mañanas de plata desvaída y mate me atraen tanto..., desde hace tantos años...

miércoles 9 de diciembre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR EN LA CAPITAL



Verán ustedes, como es sabido por todos, hoy, o sea ayer, ha sido un día festivo.
Y por una vez, este escribidor y el calendario se han puesto de acuerdo y han festejado, al menos desde el mediodía, quiero decir que a las once y poco de la mañana, he cerrado el chiringuito de la escritura.
Junto a Marián me he subido al autobús, que iba lleno, y nos hemos dirigido hasta la capital del reino a zambullirnos entre la multitud que ocupaba el llamado centro de Madrid, que como todos los madrileños y muchos foráneos saben, no está en el centro, sino más bien en una especie de esquina de su lado del noroeste… Pero a parte de menudencias geométricas que no van a ninguna parte, hemos compartido pavimento, airecillo más bien fresco, y luz purísima con miles de ciudadanos del mundo. Es decir miles de ciudadanos de todo el mundo.
No, no teman ustedes, no me dedicaré a contarles nuestras andanzas matritenses, que no merecen la pena. Día de asueto y cumplir con el viejo deseo de darnos una vuelta por la Plaza Mayor durante la época en que están instalados los puestos con mercancía navideña. (Por cierto que según nos ha dicho uno de los vendedores, el ínclito alcalde de la capital lleva algunos años pretendiendo reubicar este mercado nada menos que en La Casa de Campo. Se lo acabarán cargando, seguro). Tampoco voy a hablarles de la sensación de sardina o, mejor de ovejilla, ya que estábamos entre belenes, que me ha producido el día. Me quejaba del abundoso turisteo que ha reventado las calles segovianas este puente. Lo de hoy, o sea lo de ayer, en Madrid lo superaba con creces… Tampoco les voy a contar nada de la moda que se ha impuesto este año para los críos (y no tan críos): una pistola de agua que dispara pompas de jabón. Una hace gracia, dos provoca algún comentario jocoso, pero cientos acaban aburriendo un poco.
Les voy a hablar de la importancia que tienen ciertos escritores para la vida económica del país.
Bueno, esto a lo mejor es una exageración. O sea que tampoco hablaré de ello.
Al menos para un restaurante de Madrid, un escritor es importante para continuar con el negocio. Y es que hemos descubierto en la Calle Cuchilleros, casi una prolongación de la Plaza Mayor, el restaurante Botín de indudable tronío, y que en sus puertas, y bien a la vista del público en general, se enorgullece, como si fuera su máximo galardón (y tiene muchos, como he comprobado en uno de sus escaparates) de haber sido retratado por Don Benito Pérez Galdós en su novela Fortunata y Jacinta. Al menos da fe de su antigüedad con un dato contrastable por cualquiera.
No sé a ustedes, pero a mí me ha gustado este detalle y esta sensibilidad por parte de los dueños de la empresa.
Nosotros ya habíamos comido cuando hemos dado con él, pero no sería de extrañar que en próximas visitas hiciera algún exceso y me adentrase en el local. Sería como entrar en alguna de las páginas del escritor canario.
Sinceramente, me da la impresión que se trata de una de las mejores publiidades que se puede hacer un establecimiento de este tipo. Quizá alguno más podría aprender la lección. Pero presumeo que las sensibilidades no son las mismas en todas partes.
A la vuelta, tras cazcalear por Sol, Alcalá, y de sufrir un empacho en la Casa del Libro (deberían suprimir este establecimiento, así como su vecino de Callao) porque pueden producir graves alteraciones en la sensibilidad de cualquier lector medio, hemos contemplado cómo la iluminación navideña ya cubre las calles de Madrid. En Segovia, aún no pasa esto, porque en Segovia estamos en contra del cambio climático y queremos colaborar con gestos como el de retrasar durante una semana la inauguración de la iluminación navideña de las calles.
Y me he dado cuenta de que estamos a punto de las navidades y que convendría ir pensando en cumplir con mis obligaciones rituales.
Y eso que este año ya tengo una novedad, tengo un misterio. Un hermosísimo misterio. O a mí me lo ha parecido.

domingo 6 de diciembre de 2009

TARDE DE OTOÑO

Imagen tomada de Internet


Contemplo la tarde que se desmaya, despacio, como suspiro de campana. En la parte baja de esta calle veo un hombre que carga una pesada maleta. Es una maleta antigua, de las que sólo se ven en los museos o en los viejos desvanes donde se arrumban los trastos inservibles. El hombre, más que viejo, parece vetusto; diríase que en vez de años, en breve cumplirá siglos; diríase que en vez de andar, lo andan. Sube despacio, con el cansancio de la historia mordisqueándole la planta de los pies que se defienden lijando el pavimento, humedecido por las escasas lágrimas que una nube ha olvidado a su paso sobre nuestras cabezas. El humo de mi cigarrillo, que también parece antiguo y pesado, en vez de trepar hacia las costuras del cielo, se desvanece, como la tarde, en un deliquio extraño, como si todo hubiera cobrado el sentido del sinsentido. Intuyo que en unos pocos segundos, antes de que termine el paso que ha iniciado el hombre que carga con la pesada maleta, abrirán sus ojos de ámbar las farolas. Primero contemplarán nuestros besos y luego serán vigías de la madrugada, para mantener a raya las acometidas de las pesadillas.
Contemplo la tarde que se desmaya…, que se ha desmayado ya.
Sé que si giro la cabeza hacia el inicio de la calle, no veré al hombre; habrá desaparecido, como la tarde, como el día, como el desmayo.
Sin embargo en la avenida paralela, el trasiego de la jornada festiva, desmiente la melancolía y confirma la soledad.

viernes 4 de diciembre de 2009

MAÑANA DE PLATA. TERCERA PARTE

Imagen tomada de Internet


PRIMERA PARTE , SEGUNDA PARTE

Al verme ayer en su puerta, me sonrió como nunca hizo. Ante aquel gesto desusado, comprendí que ella me exigiría varias horas de mi tiempo y corroboré de nuevo que debería haber hecho caso al viento que verberaba en mis oídos, habiéndome zafado de los dedos como garfios.
Pero era tarde, así que, con resignación, subí los peldaños que nos separaban del salón, donde, como siempre, la fragancia inconfundible de una infusión me hacía viajar a atmósferas boscosas.
La casa de mi abuela es un ancestral edificio de dos plantas. La de abajo tiene la misión fundamental de caldear toda la vivienda, pues está ocupada casi en exclusiva por una enorme cocina, donde se encuentra la potente caldera de una calefacción que ha sido hasta hace poco de carbón y leña. Ahora es de gas natural. En tal cambio comprendí que los años hacían mella hasta en mi abuela. Completan esta planta el cuadrado y lóbrego zaguán, y una despensa con aspiración de almacén o trastienda. En el piso superior se ubican los cuatro dormitorios y el salón. Hay otra tercera altura, el sobrado o desván, donde se apilan, en orden inextricable para mí, los más extraños objetos.
A pesar de los noventa años, su distribución no ha variado. Mis tíos y mi madre sugieren anualmente que sería bueno instalar un dormitorio en la planta baja, pues los años no perdonan a nadie; pero mi abuela sonríe con travesura y responde que no se meterá en ninguna despensa hasta que no la entierren, cuando esté de Dios que tal suceda. Así que las leves insinuaciones mueren al nacer. Me pregunto por qué mis tíos y mi madre repiten la misma estupidez año tras año, si saben de sobra que las cosas con la abuela suceden siempre del mismo modo. En su casa, es la reina despótica que actúa únicamente según su saber y entender. Jamás ha pedido consejo a nadie, y menos aún a sus hijos. Si incautamente, alguno continúa con la cuestión, la zanja de modo abrupto, ¿Es que voy a tu casa a meterme en cómo vives o dejas de vivir? El osado arría velamen y oculta la cabeza bajo el ala.

Ayer por la tarde, mi abuela estaba enfrascada en un solitario. Eso imaginé al ver las cartas dispuestas sobre la mesa camilla. Me extrañó que no tuviera prendida la luz del techo, a pesar de la oscuridad en que se había metido el día nubloso. Se conformaba con la tenue luminosidad de un par de palmatorias que tiene colocadas junto a las paredes de la habitación y que nunca había visto en funcionamiento.
La atmósfera del salón era inquietante, onírica: luz de claridad anaranjada, largura de sombras provocada por el claror cítrico, aroma dulzón de los vahos procedentes de la infusión de hinojo, malva, menta, saúco, ciruela y manzana deshidratada, su favorita (gusto que comparto con ella, como tantas cosas, a pesar de nuestro recíproco odio larvado), humedad vaporosa que se adensaba por toda la habitación, calor exagerado que nacía de los viejos y enormes radiadores broncíneos de la sala, grisura nubosa de la tarde, tictac opresivo del perenne reloj de pared…
Me pidió que me sentara frente a ella.
Sin preguntarme, me arrimó un tazón de loza pavonada, junto al que dejó la jarra de dos litros (que también le regalé en su día) donde reposaba la infusión, que mantenía siempre a punto de bullir, gracias a un infiernillo eléctrico en continuo funcionamiento. Me sentí complacido. Después del trayecto que había hecho hasta allí, esa infusión era lo más conveniente para calentar el cuerpo y templar el espíritu. Me serví del líquido de tonos musgosos, holgadamente, hasta el quicio del tazón. Me adelanté a su gesto, y devolví la jarra al infiernillo. Todo se desarrollaba en silencio. Salvo el tictac asfixiante del reloj, ningún sonido interfería nuestras miradas de hielo azul. Sabía, lo supe desde que abrió la puerta, que me tocaba escuchar, así que me acomodé en el butacón, tras absorber un reconfortante trago de la infusión que casi hervía.

La mañana parece que no aclarará. Las nubes se ciernen sobre nosotros con la misma animadversión de ayer. Aún tiemblo al recordar el tiempo que siguió. Debería estar agotado, pues no he pegado el ojo en toda la noche, pero si duermo será peor…

Digo que mi abuela quería hablar, y habló. Descubrí en su monólogo realidades que habían permanecido ocultas hasta esos minutos, no sólo para mí, sino para el resto de la familia. Comenzó diciéndome, mientras señalaba a las cartas dispuestas sobre el tapete de la mesa camilla, que tardé mucho en hacer caso de su invocación, ya que llevaba toda la tarde llamándome, más de dos horas, concluyó en un suspiro satisfecho.
Este fue mi primer escalofrío de la tarde.
Para combatirlo no dudé en dar otro largo trago de la infusión, lo que no le pasó desapercibido, y formó con sus labios una sonrisa siniestra. Después, señalando con sus nudosos dedos artríticos diversas cartas, que eran naipes extraños, pues no pertenecían a ninguna baraja que conociera, ni española, ni francesa, ni de póquer, ni la del tarot, me explicó que sabía que le costaría convencerme, pues la voz del abuelo, según le habían revelado las cartas, tenía que cumplir su misión y seguro que interfería con todas sus fuerzas, como siempre; ilustró su explicación, que me pareció de una enajenada, señalando a una carta que representaba a un anciano en actitud de silbar, o tal pensé por la hinchazón de sus mejillas. Ni muerto le deja a una hacer su trabajo, matizó para que mi escalofrío traspasase la espalda y empujara al corazón en una desenfrenada desbandada que me agota desde ese preciso instante.

miércoles 2 de diciembre de 2009

CELEBRACIÓN DE LAS CARICIAS

Retrato de nuestra madre,
pintado en estas últimas semanas por Mariano Carabias María



El tiempo pasa, pero hoy queda detenido. Esa sonrisa aún ilumina la memoria de mi infancia, la astucia de sus ojos y esa habilidad mágica de sus dedos nunca quietos para tener todo listo a tiempo: casa, ropa, comida... caricias.
Envuelta por la luz es más ella de lo que se figura.
Cuando los dedos toman los pinceles, emprenden un baile inexplicable para el resto de los mortales. Sólo quien ha sido testigo de este milagro entiende que sus pinceladas sean capaces de reventar sobre la inanimada superficie de la tabla o del lienzo o del papel y que por ello algunos de sus trazos, más que pinceladas, sean caricias.
Y a veces sucede que el tiempo detenido fondea en el alma para llenar una de sus oquedades con el recuerdo de caricias y de pinceladas... Pinceladas sobre piel y caricias sobre lienzo... Dedos que dibujaban afecto sobre la infancia y pinceles que trazaban caricias con todas las formas y todos los colores.

lunes 30 de noviembre de 2009

CANSANCIO

Imagen tomada de Internet.
Sísifo de Von Stuck

La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Julio de 2005



Hay días en que a uno el cansancio le abruma con la pesadumbre de un lastre insuperable; una carga que tira hacia las profundidades más oscuras, como tejados de pizarra, de la melancolía. Hay días en que el celaje, puro azul, la brisa fresca, la transparencia del horizonte, son meros adornos para el alma. Uno mira, pero no ve nada de lo que le rodea, como si unas cataratas esmeriladas cubrieran la visión. Y uno, en consecuencia, pierde el disfrute de ese regalo que se le ofrece como dádiva, más aún como mensaje evidente. Sin embargo ni el susurro atolondrado y feliz de los cantos asonantados de las aves sirve para aterrizar en este mundo que se nos ofrece como el salón mejor preparado de la casa. Un salón que es, al mismo tiempo, de nuestra propiedad y al que somos invitados como queridas visitas.
Sin saber por qué, acaso el sueño, acaso las preocupaciones, acaso la falta de sentido de nuestra vida, un muro de hormigón sin enlucir, grisáceo, como sucio, se levanta por encima de nosotros y camina, quizá aprisionando a nuestra sombra, al mismo compás anodino que los pasos que se arrastran, sin darnos cuenta, sobre el pavimento recién duchado y recién peinado por unos individuos que han madrugado más que nosotros y van vestidos de verde fluorescente.
Pero todo da lo mismo. Es igual que la multitud de colores y risas borbollee en nuestra mirada, todo está cubierto por una película que torna al sepia el tono de nuestras miradas. Y el caso es que, si uno reflexiona, puede que por equivocación, sobre los motivos que le han sumido en tal estado de ánimo semejante a una charca de aguas podres y estancadas, la conclusión es que se desconoce o que no hay ninguna diferencia esencial entre el día en que la mirada abrillantaba cada superficie por la que se deslizaba, incluso las más rugosas o áridas, y este día de hoy, por lo demás, un delicioso día de inicios de julio, en el que el calor se ha aletargado, para darnos una tregua de disfrute.

viernes 27 de noviembre de 2009

MAÑANA DE PLATA. SEGUNDA PARTE.

Imagen tomada de Internet


PRIMERA PARTE

Cuando ayer por la tarde, antes de que comenzara la lluvia que aún continúa, mi abuela descubrió mi presencia ante su puerta, no se extrañó, lo que me sorprendió, pues, igual que a mí me cuesta visitarla, a ella le supone gran esfuerzo recibirme.
Ambos sabemos que no soy su nieto predilecto, lo que, lejos de provocarme celos, me tranquiliza, pues, de ese modo, desde hace más de veinticinco años, al cumplir los catorce o quince, nuestros encuentros son esporádicos, breves y protocolarios, como si recibiera a un embajador con cuyo país se mantienen relaciones diplomáticas de carácter simbólico y siempre tensas, aunque en ningún caso conviene romper del todo. Sin embargo, acaso porque nos conocemos muy bien, ya que la semejanza de nuestros ojos no es lo único que nos empareja, siempre intuyo sus deseos. Apenas bastan unos segundos y sé si debo estar con ella más de lo previsto, si conviene desaparecer de su presencia tras las meras y corteses fórmulas protocolarias y consumir mi infusión a toda velocidad, aun a riesgo de provocar un incendio en mi faringe, vislumbro si desea hablar, o es mejor que uno hable. Por eso, por ejemplo, siempre atino con los regalos por su cumpleaños. Soy el único nieto que adivina año tras año sus anhelos. No he fallado nunca. Incluso cuando no le regalaba nada, acertaba. Los demás, mucho más queridos por ella, nunca daban con lo que consideraba un regalo apropiado.
El año en que una de mis primas, su nieta preferida, le regaló un precioso chal, lo desdobló con ternura, pero allí quedó desplegado como una margarita desgajada. Mi prima supo que nunca se lo pondría, y se llevó un gran disgusto. Ese mismo año, se me ocurrió lo del bastón, por una mera cuestión de lógica, y porque el bastón, digamos, me gritó desde el escaparate al pasar yo delante de él. Llegué tarde, como suelo hacer en tal circunstancia. El chal de mi prima yacía sobre una silla. Había otros cachivaches, los demás regalos, dispersos por el salón cuyo aroma a su infusión predilecta parecía sumirnos en un campo de malvas; en cuanto le entregué la estrecha caja que disimulaba algo su verdadero contenido, adivinó de qué se trataba y me sonrió aviesamente. Siempre sabes lo que quiero, me dijo. Le devolví la sonrisa envuelta en dos besos fríos y le murmuré casi al oído, Ya sabes, abuela, que estoy pendiente de tus deseos, hasta los más ocultos. No seas zalamero y guasón, que ya sabemos tú y yo cuánto nos queremos.
Los demás primos, que seguían la conversación, se admiraban; mi prima, la del chal, lloriqueaba. Cuando pasé a su vera, donde me senté, le acaricié una lágrima furtiva, No merece la pena este disgusto, le musité. La intención es lo que cuenta, remaché, con tal ironía que, hasta ella, muy inocente a pesar de los años para discernir la doblez de los seres humanos, se tuvo que percatar.
De lo dicho, incluida esta cruel anécdota, se deduce que mi relación con la familia es tirante, escasa y puramente formal. Lo que más me gustaría sería asistir a sus entierros; pero como hasta ayer intuía y hoy sé, casi todos los primos debemos de tener el gen de la longevidad muy desarrollado en nuestro mapa genético. Y este adorno procede, como también constaté ayer, de mi abuela.
Aquí es donde quería llegar.

miércoles 25 de noviembre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR ANACRÓNICO



No sé a ustedes, pero algunas veces tengo la impresión que soy un bicho raro o que no habito el mismo mundo donde habita la inmensa mayoría de los mortales. Sé que anotando lo que acabo de anotar, me juego la posibilidad de que algunos de ustedes tome a continuación la palabra y deje constancia de tal hecho aportando pruebas, pero no puedo evitarlo.
Digo lo anterior porque cuando me miro al espejo o leo el periódico, no me encuentro identificado con la mayoría de cosas que atraen a los seres humanos.
Simplemente me dan lo mismo.
Ahora me tendré que explicar y no sé si arreglaré este estropicio que acabo de perpetrar.
Verán ustedes, nunca me han llamado la atención los coches, salvo los pequeños vehículos de miniatura que me regalaban cuando era niño y la mirada siempre era la del amanecer. Dicho así, además de más o menos lírico, lo mismo no extraña mi afirmación. Pero si se escarba un poco en ella se verá que esa indiferencia ante los vehículos de motor, como si fuera una reacción en cadena, lleva aparejada otras muchas cuestiones: no favorezco el desarrollo de la industria automovilística, no participo con el impuesto de circulación en el acrecimiento de las monedas que necesita imperiosamente este municipio, no colaboro con el necesario desarrollo de varios monopolios de carburantes, no fomento el runrún polimorfo de las mañanas o las tardes de mi ciudad, y soy una rémora para los constructores de aparcamientos, ya sean estos en superficie o subterráneos.
Tampoco me llama la atención vestirme a la moda, a la última moda.
Bueno, a ver, esto es más delicado. No es que uno pueda suscribir las palabras de D. Antonio Machado cuando se dibuja a sí mismo vestido con torpe aliño indumentario, pero mi armario, además de soportar tremendas rebeliones camiseras a las que pretenden sumarse otras prendas que han amenazado con reforzar la tropilla de las insurrectas, tiene escaso fondo, lo que, por otra parte, es una gran comodidad y un gran alivio para la sección norte del mismo, es decir la barra que sujeta las perchas donde penden las prendas… Y de nuevo ocurre como con los coches, la cosa no tiene mayor importancia, pero tampoco contribuyo al desarrollo de la industria textil, ni al del diseño de vestuario, ni al de las franquicias de ropa, ni siquiera a la subsistencia de las tiendas normales de toda la vida cuyas prendas me gruñen tras los escaparates cuando me ven pasar, pues saben que lo haré de largo, como siempre, por no hablar de las pobres modistas que suman en su monedero un puñadito de euros gracias a acortar largos de pantalón, o anchos de cinturas.
Tampoco estoy al tanto de las novedades en el mundo discográfico. Aclaro, antes de que los secuaces de la ministra del ramo se echen a mi yugular, que no he invertido ni un solo segundo de mi vida en intentar descargarme este tipo de música de modo fraudulento..., ni legal. Es que no me interesa. La frase que debiera seguir me la ahorro, para evitar su hartazgo si es que hasta aquí han llegado, ya saben: no contribuyo al desarrollo, etcétera, etcétera…
De los viajes casi prefiero ni hablar porque sobre esta cuestión ya me han dado ustedes candela a lo largo del último año.
Podría continuar hablando de la televisión en general y los programas de las vísceras varias en particular, de los bestseller publicitados hasta el hartazgo, de las pantagruélicas comidas o cenas en restaurantes, de la… Quizá sólo en lo relativo al balompié el son de mis pasos se acompase mejor al del común de los mortales de esta parte del planeta, aunque comienzo a percibir en mí serios síntomas de apatía ante el empacho que tanta retransmisión televisiva produce en mis neuronas…

A estas alturas, entre el velo del paladar y los labios, más de uno querrá dispararme esta pregunta : ¿Qué haces con tus horas, en qué ocupas tu tiempo…?
Y aquí es donde se cierra como un lazo la coda de esta entrada con su testa. Porque, por muy raro que les parezca a ustedes lo que no hago, más raro es lo que hago.
Disfruto leyendo poesía, cada día un poco más, cada día un poco más despacio, a ser posible sin conocer nada de los derroteros por los cuales se ha llegado a la publicación del libro o a la obtención del premio. Disfruto escribiendo en sesiones de dos o tres horas, sin que me preocupe lo más mínimo ni la cantidad ni lo que puede gustar o no al resto de los mortales. Disfruto cazcaleando por las calles silenciosas de esta ciudad, aún en los días ya desapacibles. Disfruto con mi amnesia en materia musical que me permite repetir y repetir la escucha de algunos temas de música clásica adquiridos de modo legal, señora ministra. Disfruto inventando historias partiendo de unas presencias que se muevan ante mis ojos. Disfruto contemplando el juego de los niños, refugiados en su fantasía en la esquina de cualquier plaza, de cualquier jardín. Disfruto con las ocurrencias cotidianas de otros amigos de este mundo que dicen digital...
Esto, lógicamente, además de trabajar en una oficina, procurar cierta atención a las personas que viven junto a mí y rendirme cada día al sueño, general de un ejército siempre victorioso y contra el que hace tiempo he declinado plantar batalla…
Eso sí, no soy raro en disfrutar de la persona a quien amo, pero eso es otra historia, a la que no conviene este tono, como ustedes, sin duda, comprenden.

lunes 23 de noviembre de 2009

BUSCANDO A ERIC

Cartel de la película. Tomado de la página de MUCES


Aquí os dejo el enlace con la información básica de la película y un extracto de su argumento. A mi modo de ver completamente reconmendable. Supongo yo que una película de Ken Loach tendrá la suficiente confianza entre los distribuidores, como para que la cinta entre en el circuito comercial, más allá de un par de salas en las grandes capitales. Quiero decir que será fácil verla en la mayoría de salas de cine de las capitales de todo el país.
...Acabamos de llegar, como quien dice, de disfrutar con la proyección de esta película que hemos contemplado en la iglesia de San Juan de los Caballeros o Museo Zuloaga, que para estos días se convierte en sala de cine.
Y lo primero que tengo que decir es que la película, como la gran mayoría de este director, merecen la pena. Como en prácticamente toda su filmografía el director británico huye del glamour y de las grandes estrellas. Su historia (esta y otras) tiene un vago aire a un docudrama, a un documental, en que el director tiene poco que hacer, salvo colocar la cámara y rodar la vida.
Obviamente es mentira, completamente mentira. Su trabajo es meticuloso, prodigioso y lleno de matices. La evolución de los personajes, la interpretación de alguno de ellos (me ha sorprendio y muy gratamente Eric Cantona el gran delantero centro del Manchester), la ambientación...
Ken Loach nuevamente nos ofrece un retrato descarnado de la sociedad británica, de la clase obrera británica. Una clase que como tal, ya no existe, salvo en el grupo de sus hombres y mujeres que hoy frisan los cincuenta y pocos años, porque es despreciada por sus propios jóvenes y adolescentes, cuyo único fin en esta vida es el de pasarlo bien, sin hacer nada, absolutamente nada. No es que se nos muestre ruptura generacional, se trata de un abismo generacional.
La clase obrera (en este caso se trata de carteros, pero igual da) que vive alienada por el fútbol, como ocurre en medio mundo, sin embargo puede encontrar en el propio fútbol el remedio a los males que le aquejan.
Probablemente sea cosa del cuidado guión de Paul Laverty, pero si doy por histórica esta parte del guión, uno comprende que lo más importante del fútbol, como tantas otras cosas en esta vida, ni es lo que aparenta ser ni son los resúmenes de los telediarios.
¿Parece que se trata de una película sobre el fútbol?
En absoluto. O sí, completamente. Depende de cómo se mire.
Estén tranquilos quienes no gusten de este deporte/espectáculo, casi no hay imágenes de fútbol. Sumadas todas ellas quizá ni se llegue a los tres minutos sobre un total de ciento diecisiete de metraje. Y sin embargo se habla del fútbol.
Buscando a Eric establece un juego de palabras con los nombres de los dos protagonistas del film, el futbolista y el cartero, y en ese juego de palabras reside el misterio de la historia.
Cuando la vida te plantea un problema o mil problemas o un millón de problemas, siempre hay más de una solución, siempre hay alguna posibilidad. Esa es la clave, esa es la lucha, ese es el juego, ese es el camino.
Que esta película no pasará a la historia del cine es evidente, pero que se trata de una película entretenida e instructiva sobre muchas cosas también es cierto. Sin duda un buen plan para una tarde de otoño o de invierno, después de haber leído un rato, haber charlado con los amigos o la familia, haber paseado, distraerse de este modo no está mal.
Cine europeo, buen cine, el cine de toda la vida: sin efectos especiales, sin trucaje de ordenador: guión, cámara, acción.
A disfrutar.

viernes 20 de noviembre de 2009

MAÑANA DE PLATA. PRIMERA PARTE

Imagen tomada de Internet



Ha amanecido una fría mañana de plata, desvaída y mate. Las lomas pardas de las tierras que se alinean frente a mí, tiritan al recibir las gotas de lluvia que cae oblicua, disparada desde lo alto. Los colores se licuan en la atmósfera gélida. Estoy sentado ante los ventanales de esta habitación desnuda, con vocación de celda, no sé si monástica o carcelaria. Los acontecimientos de la víspera provocan en mí tal batahola que me ha sido imposible conciliar el sueño en toda la madrugada…

Todo empezó por una visita extemporánea que debí soslayar; pero me fue imposible...
Una desproporcionada fuerza me empujaba sin remedio. Sentía una especie de dedos que parecían de hierro y que impulsaban mis piernas en tal dirección, aunque, por otro lado, y al mismo tiempo, otra energía opuesta, en forma de brisa, alentaba los oídos anunciándome siniestros vaticinios si hacía lo que terminé haciendo. Cuando estuve ante la puerta, noté el potente pálpito de que algo de imprevisibles y negativas consecuencias sucedería.
Nunca he sentido premoniciones, ni he creído en ellas. Soy escéptico en materia de percepciones extrasensoriales. Haciendo verdaderos esfuerzos para doblegar mi razón, acepto el aliento poderoso, a veces milagroso, de los latidos del corazón e incluso el vigor indomable de algunas ondas que emanan de ciertos cerebros. Pero otras cuestiones, como la anticipación del futuro o el contacto con el más allá, son extrañas y repugnan mi pensamiento. Sin embargo, ayer me sentía domeñado por dos inexplicables impulsos inmateriales y ajenos a mi voluntad; salvo que ésta se hubiera desdoblado en tres partes, la personal que controlaba mi pensamiento y mis deseos, y otras dos que sentí extrañas a mi persona: una me impulsaba hacia la vivienda y otra, por el contrario, me susurraba sin parar que me alejara de allí, presto y ligero.
Al fin fue más poderoso el impulso de los dedos metálicos que me empujaban, pues acabé pulsando el timbre. Al hacerlo, supe que tendría que haberme ahorrado el gesto, pero no había remedio. La melodía que silbaba alrededor de mis pabellones auditivos, como un moscardón educado en los ensayos de una orquesta de cámara, pidiéndome que girase en redondo, cesó reconociendo su derrota; la presión de los dedos se relajó, aunque su presencia no se alejaba del todo, como si vigilara un intento de huida.
En cuanto que el estridente campanilleo del timbre resquebrajó la placidez de la tarde, escuché pasos acercándose, como si me hubieran visto acercarme hasta el umbral del edificio.
No me hizo falta ver su figura para saber que era ella. Hubiera sido extraño algo distinto. Sus pisadas son inconfundibles. Es lo único que no ha variado en ella.
Mi abuela, con noventa años, ha envejecido: es una pasa siempre envuelta en luto, cual mortaja negra, que no ha dejado en los últimos sesenta años, desde que murió mi abuelo en un suceso dramático. Nada desmiente su edad, sus pasos son susurros que lijan la añosa tarima de la casa; se trata, sin embargo, de susurros dotados de energía y decisión, como si naciesen de una musculatura mucho más fornida de la que uno supone en una anciana con aspecto de anciana. Extrañará a cualquiera, pero, a pesar de sus dieciocho lustros, salvo al hacer alguna visita que considera trascendente, no utiliza su bastón, el que le regalé hace varios años. Cuando se apoya sobre él, estoy convencido de que lo hace más por coquetería que por necesidad. Ni siquiera por precaución en los días invernizos, cuando el hielo se encarna sobre el pavimento de su calle siempre umbrosa.
Quiero y odio a mi abuela a partes iguales.
Esta doble sensación me abruma desde niño, cuando sentía sus besos como estiletes buidos que se me clavaban muy adentro. Siempre he pensado que hacía las cosas calculando el interés que le reportarían, nunca de modo desprendido. Al morir mi abuelo, quizá fue la única forma de actuar que le sirvió para sacar adelante a sus cinco hijos (mi madre y otros cuatro hermanos). Quizá entonces la vida le mostrara toda su cara monstruosa, y se defendió utilizando la técnica del camuflaje, como los camaleones. Tanto la usó y tan bien le funcionó que, lo que comenzó siendo una estrategia de supervivencia, se tornó en forma de vida habitual.
En conclusión, que la admiraba y la quería, pero mantenía las distancias prudentemente, pues no me fiaba de su sonrisa de labios delgados como bisturíes, ni de sus ojos azules, tan pálidos que parecían trocitos de hielos veteados de leves tonos azulinos, como una de esas masas inconmensurables de los iceberg antárticos. En días tan oscuros como hoy o ayer, sus pupilas se albean de tal modo que parecen plata fría. En mis peores pesadillas, mi abuela aparece con ojos blanquizcos y el brillo de su sonrisa se refleja en sus iris incoloros cual gélido chispazo. Al hablar así de ella, lo hago de mí mismo, pues mis ojos, para mi desgracia, heredaron cada detalle.
Por eso la temo.
Conozco a la perfección el trasfondo oculto tras la aparente calma que transmite su helor opalino.

miércoles 18 de noviembre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR DE ANIVERSARIO



Mientras leen, pueden escuchar...



Verán ustedes, hace un mes me enviaron un largo texto que, como tantos, circula por la red. Muchos de ellos me parecen inútiles, pero hay otros que ilustran y ayudan a explicarse, mejor que las propias palabras. Este es su arranque:
"Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos dejar ir momentos de la vida que se van clausurando."

Esta mariposa a la que bauticé como Pavesas y cenizas comenzó su vuelo hace un año. Hace un año exactamente y comenzó su aleteo con estas palabras:

Tiemblo al tiempo que anoto mis primeras palabras en un blog. Tiemblo como las mariposas que nacen, quizá por descuido, al fondo del verano, cuando el otoño sonríe como un bebé azul, pálido. Aquí estoy, no sé si seguiré algún tiempo, no sé, si como esas mariposas anacrónicas, será breve mi hálito y pronto me tornaré pavesas volanderas, cenizas mortecinas.

¿No les parece que después de un año, conviene realizar una parada en este camino y brindar porque la criatura sigue viva y continúa su andadura? ¿Más aún, porque continuará su paso, quizá a ritmo andante, pero intenso?
Así que descorcho con ustedes una botella de lo que quieran y brindo en su compañía. Un año no se celebra todos los días, y el primer aniversario, además se festeja con especial intensidad.
¿Creen ustedes que debería hacer como los presidentes de los consejos de administración y detallar las metas alcanzadas...? Me da en la nariz que no es necesario. Esta empresa funciona con total trasparencia y pueden ustedes acceder a su cuenta de resultados, las trescientas noventa y una entradas, cuando quieran. Las pueden leer por fechas o por etiquetas. Están ahí a su disposición. Sólo tienen que tomar el puntero de su roedor informático, dirigirlo a la columna de la derecha y cazcalear por donde dice Etiquetas. Ante ustedes aparecerán de nuevo los poemas, las estampas, los relatos, los fragmentos de mi diario, las miradas hipermétropes, los Alenarte lo publicó primero, estas tribulaciones, la galería de retratos improbables, los escritos desde Euritmia, los microrrelatos... Si lo prefieren dense una vuelta donde puse, Hoy no es el primer día...
Y si siguen descendiendo verán un pollito de color azul, creo que de origen alemán, qué cosas, que dice con su sonrisa de ojos melancólicos: "Comenta con respeto aunque discrepes". Esa es la otra parte de este cuadernillo cibernético que ha crecido con robustez y le ha dotado de músculo a las alas de la mariposa.
¿Seré capaz de explicarme para que ustedes me entiendan o, como siempre, los dedos se me van a tropezar con los latidos del corazón...?
La mariposa, a las pruebas me remito, nació fuerte, desde luego mucho más de lo que yo pensaba. Se conoce que ha encontrado un buen jardín con flores que le han nutrido con su néctar. Son ustedes, mis lectores, quienes han dotado de esa energía el vuelo de la criatura. Lectores que en algunos casos, además, han ascendido en los peldaños de la consideración personal. Personas que, de no ser por este invento mágico, habrían sido completamente desconocidas para este escribidor. Lo cual, qué quiere que les diga, habría sido un déficit terrible en primer lugar para mi corazón y también para mis letras.
Y este es el principal motivo de la celebración. Como escribí en alguna de las entradas, uno de las ventajas de la Red es la posibilidad de la inmediatez entre lector y escribidor. Y cuando hay buena voluntad en ambos extremos del circuito de la comunicación, esta cercanía es pura vida para quien escribe, pues quien se dedica al ejercicio de la péñola, deja de sentirse perdido en un océano de silencios.
Este escribidor ha estado con todos ustedes, cada día, sin una sola ausencia. Ahora ya lo puedo afirmar con plena certeza. Sólo hubo una jornada de silencio, el día de Navidad del año 2008 y fue un silencio no sólo previsto y avisado con tiempo, sino especialmente deseado por el significado de tal fecha.
Ya sé que ninguno de ustedes se alzó desde las teclas de los equipos donde escribo para amenazarme blandiendo un bastón o algo por el estilo, para que mantuviese ese ritmo. Fue mi propio afán quien me impulsó a establecer esta férrea disciplina. Y he cumplido con ella con alegría y determinación. Como suele decirse, a nadie amarga un dulce, y para el escribidor presentarse en la palestra cada día, ha sido como ser invitado a comer mazapán todos los días. (Que cada uno ponga aquí el dulce que le guste, es que a mí el mazapán me encanta).
Ahora, en un buen discurso de aniversario, convendría que hiciese un análisis pormenorizado de las diversas fases por las que ha pasado este blog, que han sido varias. Pero resulta que soy muy malo para los discursos, y prefiero mirar hacia delante, sabiendo y dejando testimonio fehaciente de que todo aquél que ha pasado, que pasa y que pasará por esta cafetería/brasserié me ha enseñado algo, me ha aportado, y me ha obligado a intentar mejorar. Que lo haya logrado o no, no soy el más indicado para decidirlo, pero al menos lo he intentado.
Y esta es la gran riqueza de este bloc cibernético. Para este escribidor la disciplina y la presencia de ustedes (ya sea pública o privada, que no me olvido de nadie) ha sido el mejor modo de escribir, que, a la postre es lo que tiene que hacer quien dice ser escritor..., perdón, escribidor...
Pero como decía arriba, todo tiene sus momentos, sus fases, sus etapas, y ahora llega el tiempo de cuidar a la criatura, de evitar que por excesiva prodigalidad se nos muera de anemia.
Como es bien sabido de todos ustedes, la vida de las mariposas no es tan extensa como la de las tortugas o los elefantes, ni siquiera la de los humanos o los perros. Por ello requiere de su mayor cuidado, para intentar que perdure.
A este escribidor, como ya proclamé en su día, le empuja la vida y la escritura hacia otros derroteros, por lo que llegado este aniversario, es el momento de aliviar el paso, para evitar que el excesivo trote acabe con su aleteo multicolor.

Simplemente puedo decir ahora que permanezcan atentos a las pantallas de su ordenador, porque continuaré presentándome ante ustedes, aunque no sea cada día, aunque no sea a la media noche. Y entre todos, pronto, nos acostumbraremos a este nuevo paso, paso como de andante de un concierto de piano de Mozart...

martes 17 de noviembre de 2009

ESTAMPACIONES DE ALENA COLLAR


Me acaba de suceder algo extrañísimo, Alena: en el corazón del ordenador tengo guardadas muchas horas de música, la que a veces me ayuda cuando quiero concentrarme o aislarme en la tarea de contar. Esta noche escribo sobre Estampaciones y había pensado que los conciertos para violín de Bach me inspirarían. He ido al correspondiente archivo y allí creo que he seleccionado una comparación de distintas versiones que poseo… Pues no, me he equivocado y han saltado como una catarata de vida una selección de cantatas del Viejo Peluca. Un chorro de vida inunda mis oídos, un revolotear de mariposas de colores me invade con la contundencia del coro inicial de la Cantata BWV 67.
Pues, fíjate que creo que los hados me han ayudado, o la torpeza de mis dedos... Verás, cuando terminé de leer Estampaciones recuerdo que lo primero que pensé: Alena ha atrapado un buen trozo del río de la vida y lo ha colocado ante nosotros.

A pesar de que cierto tono melancólico parece recorrer sus textos, en realidad es un envoltorio, porque lo que traspasa a nuestros ojos es la vida, su intensidad, su cálida menudencia…, y la ternura con que la mirada de Alena la acaricia y nos la cuenta.
Como no soy crítico literario (ni quisiera), me voy a permitir no concretar sobre los relatos que componen este libro tan delicadamente editado por EDICIONES POLICARBONADOS. Sobre esta cuestión sólo diré que se trata de un libro de noventa y cinco páginas con veintinueve relatos o, como dice la autora, "estampaciones". Añado que el estilo es directo, sencillo, accesible, pero a la vez de variado repertorio que se mueve en distintos tonos o géneros: narración, prosa poética, realismo mágico, cuento popular, fino humor… Pero las disquisiciones técnicas me preocupan menos ahora. Me preocupan un poco más cuando escribo. Cuando leo, procuro morder el tuétano de la historia y me dejo llevar por la mano de quien la escribe, que ella en este caso dirija mis pasos.
¿Qué me preocupa entonces? Que vayáis corriendo a la dirección de La Clandestina y agotéis, si es preciso, la edición del libro. No os arrepentiréis. Encontraréis que la vida os atrapa y os reconciliaréis con la literatura, con la buena literatura de siempre, la que siempre ha tenido como gran objetivo estampar la vida por el procedimiento de escribirla: hermosa y ardua tarea.
Quien busque efectos especiales, prodigiosas aventuras ante misterios de tiempos pretéritos, complicadísimas investigaciones cuasi policiales, que se olvide. No hallará nada de esto. Quien, sin embargo, tenga sed de literatura que se lo lea, verá que su lectura se parece bastante a beberse un vaso de agua fresquita que limpia tantas cosas, tantas penas, tantos dolores, tantas ausencias. Y, sobre todo, destierra la sed, que es lo que mayormente uno busca cuando bebe.
En la contraportada del libro, dice Alena a Mariano Vega, su editor, que ella es una mujer que mira y que lo único que sabe hacer es escribir. De esa conjunción nace Estampaciones.
Puesto que lo dice ella, de acuerdo...
Pero no del todo...
Que mira y escribe lo que ve, no hay duda… Pero que sea lo único que sepa hacer, a mi modo de ver es una opinión intransigente consigo misma.
Al menos en este libro, demuestra que está recorrida por la ternura y la aplica con tozudez inquebrantable, diría que en todas y cada una de las veintinueve estampas. Es como si se hubiera propuesto, para nuestro gozo, demostrarnos que se puede escribir de cualquier tema sin herir, tomando a los personajes con el mismo cariño y cuidado con el que se toman las fotografías de los seres queridos cuando se las vamos a enseñar a esa visita que está tomando con nosotros un cafecito a media tarde.
Alena, como dice ella misma, sale al balcón y mira. Observa la vida que pasa ante sus ojos en una calle madrileña, que es una calle cualquiera de cualquier ciudad del mundo. Y cuando toma su péñola y escribe la historia, parece una estación meteorológica del corazón de sus protagonistas que registra con precisión y cariño cada una de las alteraciones: temperatura, humedad, borrascas, anticiclones, frentes nubosos…
No hay malos en este texto (Alena, así no nos haremos multimillonarios). Parece que la escritora posee la certeza de que la existencia cotidiana tiene sus propios avatares que arrojan la suficiente cantidad de desdicha (vease El Tuteo, Transterrado, por ejemplo), como para buscar, además, la ayuda de ladrones, secuestradores, vampiros, asesinos, monstruos, estafadores, proxenetas, qué sé yo… Y mira que en una gran ciudad tal cosa es fácil de encontrar.
El peor de sus personajes es el niño de Néstor, el de los paraguas rojos, que en realidad es un glorioso angelote travieso. A ese grado de maldad es al que llegan los habitantes de este libro.
Y ahora lo mismo la autora se me enfada, pero me arriesgo...
Cuando acabé de leer estas páginas, me vino a la cabeza Galdós. Esa forma suya de querer con palabras a las gentes sin nombre que se movían por su Madrid tan convulso, tan castizo, tan duro y al tiempo tan humano. No me refiero a ningún personaje en concreto, al menos a ningún protagonista, me refiero a ese paisaje humano de fondo que se mueve con vida propia.

No, el título no es cualquier cosa. Alena pretende y consigue atrapar sueños, ilusiones, retales de vida, vidas completas y las imprime en el papel y en nuestro ánimo con la pulcritud y sencillez, aparente, de los buenos escritores.
Poco más que decir.
Todas las estampas me han gustado, unas más que otras, pero eso no tiene nada que ver con este artículo, que no es una crítica, porque no sé hacerlas, ni siquiera un comentario a un libro, porque no se me dan muy bien, más bien es la estampación que ha dejado en mi ánimo las Estampaciones de Alena Collar. Y sé que estas palabras no cambiarán el curso de la historia de la literatura, pero yo diría que el libro, la autora y los editores merecerían un lugar importante en esta selva del mundo de las letras... Es que si no lo digo, reviento.
Eso y que una corriente de vida, como una cantata de Bach, está encerrada en estas pocas páginas.


lunes 16 de noviembre de 2009

ICARO Y LAS PALABRAS

El Sembrador de Millet. Imagen tomada del blog Tierra de Poemas
Desde que uno asomó sus pestañas al mundo de la red, ha experimentado en sus propias carnes, lo que en teoría es sabido desde los tiempos estudiantiles. Sin embargo, nunca es lo mismo conocer algo por referencias, aunque éstas sean muy precisas, que experimentarlo. Es verdad (y procuraré no repetirme en exceso) que en Internet hay mucho rostro cubierto con caretas y que utilizan el disfraz para disparar a dar, pero no es menos cierto que también hay mucha sinceridad y mucho afán por construir, por aportar. Si, como es mi caso, se cuenta con la fortuna de gozar de un puñado de lectores (máxima aspiración de un escribidor) y además se tiene acceso a ellos y se ha instaurado un canal de comunicación cuya base sea la sinceridad, el escribidor descubre muchas cosas.

Aclararé antes de continuar. No se trata de que quien escriba varíe su escritura (ni en forma ni en temas) por lo que demanden los lectores. Mal camino, mal escribidor y malos lectores, si tal sucediera. Se trata de otras muchas cuestiones, pero hoy ni siquiera quería reflexionar sobre ello, sino sobre la independencia de los textos, o sobre su propia personalidad.

El otro día, no hace mucho, con un par de breves textos de mi autoría, que no vienen al caso, se produjeron interpretaciones dispares, pero no contrarias, más bien complementarias, poliédricas, al menos. Y esto me llevó a pensar sobre el asunto.

Por así decir, las palabras surgidas como por arte de magia de las yemas de mis dedos, en el momento en que se publican, se convierten en pájaros que abandonan el nido y que son autónomos para siempre, y emprenden un camino que a los padres sólo les es dado controlar en la distancia. Mientras esas mismas palabras (nada especiales, por otra parte) palpitan en mi casa, y sólo mi corazón es testigo de su crecimiento y de su maduración (no importa el tiempo que dure este proceso) quien escribe sabe que todo depende de sí. Acortar, alargar, espulgar, esparcir, recortar, acrecer, rodear, omitir, mostrar, sugerir, ordenar, desordenar, son tareas que forman parte del oficio, del laboreo silencioso del que se hablaba en el primer artículo de esta serie. Pero en algunos casos, antes o después, llega el instante en que las historias o reflexiones que uno ha vestido con palabras salgan a la calle, solas por primera vez, con la única misión de que otra mirada diferente a la de su creador las contemple.

Quien escribe sueña con que lo lean, es decir, sueña con que sus textos alcancen el destino por el que nacieron: el corazón de otras personas. Pero de lo que no se es muy consciente, o se es tan consciente que no se tiene en cuenta, es que las mentes a las que llegan nuestras palabras no están en la misma sintonía vital que quien las escribió. En muchísimas ocasiones ni siquiera el contexto temporal o espacial es el mismo. Esta diversidad de situaciones anímicas, vitales, espaciales, temporales, culturales, educacionales, etcétera, tiene como consecuencia que las palabras, al posarse sobre el vuelo de las miradas de los lectores, adquieran significados inimaginables para el escritor. No hablo, por supuesto, de errores de interpretación o de interpretaciones sesgadas provocadas por lecturas rápidas y superficiales, eso es otra cuestión; me refiero a interpretaciones, mejor dicho resonancias, perfectamente plausibles, lícitas y que, una vez desenmascaradas por el lector, al escritor le iluminan más si cabe.

Y lo más curioso es que un texto cuanto más íntimo, más sincero con uno mismo, más personal, más evocaciones diferentes provoca, cuando la teoría dice que, a priori, menos interpretaciones diferentes debiera tener.

Llego a la conclusión de que se cierra el circuito de la comunicación.

Una realidad, la que sea, provoca al escribidor a tomar sus útiles que plasman tales pensamientos en un texto. Una vez soportados todos los controles de calidad que se quieran, y que el autor haya establecido como necesarios, concluye en su publicación cuyo destino es otra persona, a menudo anónima y bien distinta del autor que, de pronto, al zambullirse en el texto, encuentra en esas palabras una candela que ilumina un trocito de su propia experiencia; ese efecto iluminador, al mismo tiempo, rebota sobre el propio texto en el que, de pronto, como si un arqueólogo hubiera trabajado con extremado cuidado, aparecen realidades que ni la propia conciencia del escritor había detectado. Sí quizá de modo inconsciente, pero justo es reconocer que sus ojos no las habían descubierto.

Lo habitual es que el lector guarde para sí tales descubrimientos, semejantes miradas diferentes y conclusiones que para el autor son absolutamente desconocidas… Salvo que ocurra, como a mí me sucede, que el lector se atreva a hacer partícipe al autor de sus hallazgos.

Quizá haya escritores que estimen intolerable semejante atrevimiento. Para mí, cuando hay sinceridad y respeto, es emocionante que un lector comente con el autor su visión del texto, esa sugerencia, esa interpretación, y quizá sea ésta una de las suertes de la inmediatez que provoca la comunicación vía Internet, a pesar de sus muchos problemas, porque al final, el escribidor descubre que sí, que no es sólo una metáfora decir que el texto es una criatura que adquiere independencia en cuanto se publica, sino que es una fiel descripción de unos hechos comprobables a diario.